Jo: en un París de color negro

Jo St-Clair es un madero que trata de reponerse de un ataque al corazón mientras aprende a lidiar con una hija drogadicta cuya existencia desconocía. Él no se hace ilusiones. Ha descartado ya cualquier posibilidad de remisión. Tan sólo aspira a mantenerse sobrio un día más y, en la medida de lo posible, a ser capaz de hacerle justicia al último fiambre.

Para ser sinceros, el planteamiento no es novedoso. En absoluto. Jo es una serie cargada de tópicos cuyo segundo principal atractivo es su protagonista. Jean Reno, con la mayor de las solvencias, encarna a otro perdedor con placa y pistola absolutamente digno de formar parte de la galería de habituales a la que nos tiene acostumbrados el género.

Pero como he dicho Reno es el segundo atractivo de la serie. El primero es, sin la menor duda, París. La ciudad de la luz es también la ciudad de las sombras y, en una tradición que se remonta a Simenon y a Malet, los elegantes bulevares ocultan sórdidas disputas familiares. La acción nos pasea entre las putas de Saint-Dennis, las bailarinas de Pigalle o los inmigrantes ilegales de la Goutte d’Or.

Frente a los asesinos de diseño de la mayoría de las series, es reconfortante volver a ese universo sórdido y literario donde se mata por rabia, por despecho y por envidia. Donde lo que cuenta para resolver un asesinato no es un laboratorio de diseño si no el instinto que le retuerce las tripas a un viejo poli gabacho.

Anuncios